Ensayo para una Terapia Ocupacional

Alguien dele trabajo a Henry Palacio. Lo necesita. En serio lo necesita, por razones diversas, aunque solo voy a señalar dos. La primera, igual para casi todas las personas que buscan trabajo, es que hay que trabajar para sobrevivir. En el caso de Henry, yo extendería los alcances de la palabra para anclarla a una cuestión de compromiso ecológico con el futuro del planeta y, en especial, de eso que llamamos "prácticas artísticas" sin saber muy bien de qué hablamos. Por el futuro del planeta y de esas "prácticas artísticas", debemos garantizar la supervivencia de Henry. Quienes lo conocen de cerca, saben de qué hablo y por qué les pido eso, pues una vida sin Henry no sería vida tampoco. La segunda, más importante, es que Henry Palacio necesita un trabajo para vivir. Y vivir, más que sobrevivir, implica un montón de cosas que Henry parece no estar haciendo a cabalidad. Por ejemplo, artistas amigos bogotanos, díganme si es vida esa cosa que uno hace cuando no está en Video Club, o en KB, o en las fiestas bizarras de Licona en La Normanda, o en la noche de galerías, o en algún sitio comiendo y todos esos pequeños detalles que hacen que la vida sea vida y no la pura aridez del no morir. Pero uno va a esos sitios, hasta yo que no vivo en Bogotá ya, y Henry nunca está ahí. Ni por las curvas. "Henry, amigo, ¿por qué no fuiste?" y él, a) "no tenía plata, amigo" y/o b) "y estaba tejiendo este tapetico de tres metros que ya casi acabo". Y uno: "marica, llevas ahí sentado en esa poltrona tejiendo desde hace como seis meses", y él, "sí, pero ya casi acabo". Y entonces acaba, pero en vez de vivir, Henry se pone enseguida a pegar ladrillitos diminutos sobre una tabla enorme y otra vez hay que decirle que salga, que se asolee, que conozca gente, que mire que la vida es bella y usted es joven y chusco y chévere, pero él ahí, siempre en la casa, siempre cuidando las matas o haciendo oficio, o, sobre todo, dándole a esas manualidades monumentales, heroicas, improbables para alguien que debería estar ocupando su tiempo y gastándose su plata en vivir y no en lanitas de colores ni en materiales para maquetas. En fin, lo que soy yo, estoy preocupado. 
Henry necesita un trabajo porque "el trabajo libera"... no sé dónde vi esa frase, tal vez en algo como en alemán o algo así pero no me acuerdo. Y pues sí, Henry necesita trabajo para liberarse. No es justo verlo más prisionero de sus oficios y de sus manías, y es que claro, si uno teje horas y horas al día, o pega bloquecitos de sol a sol, pues maniático se vuelve. Y mejor un alcohólico que un maniático, o un periquero que alguien con esa cosa obsesivo-compulsiva que él como que siempre ha tenido pero que ya ¡párala oye! En fin, lo que yo veo es que es un círculo vicioso, porque la pereza es la madre de todos los vicios y como Henry no tiene plata para vicios ni tiempo para hacer pereza porque todo el tiempo está como una monjita bordando o tejiendo... o sea, como que el vicio de Henry es su manía, como que su enfermedad es su terapia. 
Y bueno, pues chévere la terapia si uno necesita, pero qué terapia va a necesitar este joven hombre sano y en plena edad reproductiva, este sardino talentoso que está ahí como un rey de su tiempo, dándolo todo al derroche de su propia precariedad convertida en belleza pura, en sentido amplio, en generosidad sin fondo, haciéndolo todo sin estrategia, sin cuidar del para qué, del cómo va a mover lo que hace, de a quién se lo va a mostrar para cazar al buen cliente, no... él, haciendo ahí para después regalar todo a los amigos o darlo a regañadientes por monedas. Por eso no pido que le compren, porque de qué le va a servir el negocio de vender si siempre lo tumban, lo esquilman, lo pordebajean como si lo que hace fueran baratijas pero, marica, en cinco o diez años cuando la suerte cambie y un público menos chichipato aparezca, entonces ese día ahí sí, los he de ver revendiendo todo lo que le asaltaron por diez veces más. No sé ni para qué digo eso, si a todos nos han tumbado, si todos hemos aceptado chichiguas para comprar hilo y aguja para remendar el bolsillo roto y con las monedas entre remiendos nos hemos ido a emborrachar porque qué más podemos hacer si no hay otra terapia mejor para dejar de sentir ese agujero que se hace más hondo, esa pared que se alza entre tú y yo, haciéndonos a todos gente triste de amor, gente que se disuelve y colapsa, sin estructura, movida por el viento de la noche en la calle, empujados todos por la sensación de que el mundo caerá sobre mi, sobre ti y sobre todos los demás, menos sobre Henry, que seguro estará tejiendo otro tapete o haciendo alguna cosa larga y dispendiosa para darle forma a su vivir y a su sobrevivir.
Victor Albarracín Llanos